Mi Reflejo

Mi Reflejo  Eliana Castillo V. Cuando me mire al espejo y no me encuentre,  Veré a mi madre al otro lado del reflejo,  Recordaré su

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@vale.fash ​

Disfruto de la escritura, me gusta usarla como herramienta de desahogo de la mente, como forma de unir pedazos de rompecabezas y dar paso a potentes inicios de grandes conversaciones. Sin embargo, no me había dado la tarea formal de escribir acerca de la negritud, término con el que no me siento del todo cómoda, ya que aún me encuentro en un proceso de auto reconocimiento, creyendo a ratos que no soy suficientemente negra así comparta un montón de desafortunadas experiencias que viven las personas afro durante su vida.

Siento que un buen inicio siempre es poderoso si se habla desde la experiencia propia. Crecí en un entorno donde era la morenita del salón de clases, la niña que no podía pasar desapercibida entre un mar de niños blancos. Uno pensaría que ser único en su contexto es algo para sentir orgullo, pero sucedió todo lo contrario.

Desde que tenía 7 años fui víctima de burlas y discriminaciones. Me decían chocolatina Jet (un chocolate que hace parte de la cultura popular colombiana), los niños y niñas me despreciaban, se alejaban de mí con asco, actuando como si yo oliera mal debido a mi color de piel. Tuve una infancia escolar muy solitaria e introspectiva. Me sentía fea en mi propia piel, así como Victoria Santa Cruz declamaba “Y odié mis cabellos y mis labios gruesos. Y miré apenada mi carne tostada. Y retrocedí”.¹

Aborrecía haber nacido con un pelo crespo, así que en las noches frente al espejo de mi cuarto me ponía sacos en la cabeza simulando tener un pelo liso y rubio, sintiéndome hermosa sólo si dejaba de ser yo. Más adelante en la preadolescencia me maquillaba con polvos compactos en tonos más claros y a veces me alisaba el cabello. Nada de esto podía reconstruir mi autoestima fragmentada, no conté con las herramientas necesarias para evitar el miedo al rechazo, perdí mucho tiempo buscando ser algo que no era para poder encajar, para poder ser aceptada y amada a pesar de mi color de piel; sí, digo “a pesar”, porque tristemente nos han hecho creer que ser negro, no conviene la mayoría del tiempo. Que ingenua fuí al creer esto pero  fue bonito despertar a través de la curiosidad y mi espíritu autodidacta para entender que yo no estaba mal sino los que seguían perpetuando estas divisiones, quienes al fin y al cabo se encargaron de racializarme.

El camino autodidacta sobre mi origen se dio de diversas maneras. Empezó con la aceptación de mi pelo y dejar de esconderlo en un pequeño moño; a entender que dejarme el afro no era sinónimo de desarreglo o falta de pulcritud. Probé un montón de productos obsoletos que no suplían las necesidades de mi cabello rizado pero por fin pude entenderlo y abrazarlo como parte fundamental del desarrollo de mi identidad. Hoy en día agradezco no haber caído en la trampa de blanqueamiento llamado queratina.

Más adelante, durante la universidad, me volví obsesiva con la negritud, me dediqué a que todos mis referentes fueran personas afro, diseñadores, artistas, modelos, todo lo que consumía en los medios pasó de verse todo blanco a llenarse de personas afro de diversas nacionalidades. Me volví selectiva con las personas a las que oía, veía y daba visibilidad. Fue hasta los 20 años que leí por primera vez un libro de una escritora negra, resoné con sus historias tanto, retrocedí a tantos momentos de racismo que viví pero que no sabía que lo habían sido.

En lo poco que he vivido he entendido que muchas cosas son de prueba y error, esto incluye la difícil tarea de conocerse a sí mismo en medio de este modelo hegemónico blanco en el que vivimos. La tendencia a separarnos en etiquetas complica todo, pero no lo hace imposible. Chimamanda Ngozi Adichie en su libro Flor Púrpura ²  señala que “Hay personas, ella escribió una vez, que piensan que piensan que no podemos gobernarnos a nosotros mismos porque las pocas veces que lo intentamos, fallamos, como si todos los demás que se gobiernan así mismos hoy lo hicieran bien la primera vez. Es como decirle a un bebé que gatea intentando caminar, y luego se cae sobre sus nalgas, que se quede así. Como si los adultos que caminan junto a él no se hubieran caído alguna vez.” Por ello debemos estar abiertos a aprender, no conformarnos y siempre mantenernos fieles a nosotros mismos.

En mi vida cotidiana la única persona negra con la que interactuaba era una señora que vendía obleas los domingos en el parque, era muy amiga de mi mamá y siempre me daba curiosidad saber de dónde había venido, por qué hablaba con otro acento, cómo era que se hacía las trenzas tan bonitas que tenía. Más allá de esto, los medios ni lo que aprendía en el colegio me llevaron a llenar mis dudas sobre la negritud, la historia negra que vi en el colegio fue tan mediocre que se redujo a media hora de clase sobre los esclavos en la época de la conquista y ni siquiera nos dieron el espacio de entender de dónde venían y cómo vivían en África sin su título de esclavo. Las prioridades eran otras, tal vez para la academia era más importante saber quién había sido Napoleón Bonaparte y grabarse de memoria las fechas de la segunda guerra mundial.

Ahora, mis prioridades no son llenarme de conocimiento de manera frenética, sino decidir cuáles verdades creo y cuáles no.

Aprender para desaprender todo aquello que me fue impuesto cuando crecí, desenredar los clichés en torno a las personas afro, cuestionar todo lo que consumo y entender lo poderosas y peligrosas que las palabras pueden llegar a ser. 

Referencias

 

¹ Santa Cruz, Victoria. [Music MGP]. (2016, abril 12). Me Gritaron Negra, Victoria Santa Cruz [Poema]. Recuperado de https://youtu.be/cHr8DTNRZdg

 

² Ngozi Adichie, Chimamanda. (2016), Flor Púrpura Traducción de Laura Rins, Barcelona, Random House. Barcelona, 2016